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“Anastasia”: L’enfant terrible

Crítica originalmente publicada en Hello Friki. VER
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Todos sabemos los riegos que conlleva echar la vista atrás para rememorar aquellas películas que antaño hicieron las delicias de nuestra añorada infancia. Fascinantes aventuras que se repetían sin aburrimiento, día sí y día también, en nuestros vetustos reproductores de VHS y que nos parecían – qué mínimo- emblemas del séptimo arte. Ya adultos y resabidos, cuando esporádicamente se nos antoja rescatar a nuestro niño interior, gustamos de revisar aquellas ‘joyas infantiles’ con la predisposición de dejarnos llevar y disfrutar como entonces hacíamos. Y si bien en algunos casos la cosa sale como deseamos (personalmente me he encontrado con una grata sorpresa en la vieja “Merlín” (Wolfgang Reitherman, 1963)), la gran mayoría de veces nos damos de bruces con lo que temerosamente esperamos: unos productos que dejan mucho que desear y que, en ciertos casos muy puntuales, resultan ser auténticos bodrios.

Les puedo poner un ejemplo muy claro (y seguramente muy doloroso para muchos) a raíz de la reciente emisión en televisión de la tres primeras películas de Star Wars (Episodios I, II y III). En plena edad del pavo, dicha trilogía se convirtió para mí en un objeto de culto y admiración; un soberano espectáculo de ciencia ficción que – por entonces- reunía todos los avances tecnológicos existentes. Ríos de tinta corrieron (y aún corren) sobre la valía o el despropósito que estas cintas supusieron y, a lo largo de mi mutación como individuo, debo reconocer que he pasado de un extremo a otro en cuanto a mi opinión al respecto. En apenas dos semanas, el buen recuerdo que tenía de estas películas se ha perdido al completo, siendo sustituido por una muy amarga sensación de patetismo. Tramas aburridas, personajes insulsos, diálogos ridículos, escenas hipervitaminadas de innecesarios efectos especiales (que además han envejecido muy mal en muy poco tiempo)… y todo ello coronado por un Anakin que resulta ser un insoportable niñato llorica que vive un romance a la altura de las mejores series de Antena 3.

Por fortuna, casos tan extremos como este no suelen ser muy habituales. Lo más normal es que estos revisionados sirvan para vulgarizar obras incorrectamente apreciadas por culpa de una dulce e imberbe mentalidad, aunque muchos hay que – generalmente por nostalgia- son incapaces de aceptar esta realidad. En este punto intermedio me he vuelto a encontrar muy recientemente con el visionado de “Anastasia” (Don Bluth, Gary Goldman, 1997), película de uno de los más destacados animadores del pasado siglo y uno de los escasos competidores que tuvo la Disney dentro del género. A Don Bluth quizás se le pueda identificar mejor por la muy destacada “Fievel y el nuevo mundo” (1986), “En busca del Valle Encantado” (1988) o por el que fue su último trabajo “Titán A.E.” (2000). De “Anastasia” conservaba el recuerdo de una película correcta y la recuperé sin mayores pretensiones. La sorpresa, esta vez para mal, ha sido mayúscula.

Resulta evidente que los clásicos Disney son la principal fuente de la que bebe “Anastasia”, pudiéndose definir la película como un conjunto de clichés hartamente recurrentes dentro de la animación infantil pero – he aquí la cuestión- muy mal utilizados. No vamos a descubrir nada cuando la trama cuenta con una princesa (Anastasia), un reino perdido (Rusia) y un villano con no muy buenas intenciones (Rasputín). Un cuento infantil plasmado de forma tradicional y con una conclusión feliz. La base y los términos son los de siempre. El problema reside en el despropósito que genera el conjunto del todo y cada elemento de este en particular.

El primer gran lunar de “Anastasia” reside en el carácter histórico a partir del cual se genera la trama. Es 1916 y la Rusia Zarista se tambalea ante una inminente revolución. Lógicamente la película, para evitar cualquier tipo de perturbación infantil, dulcifica la compleja realidad presentando un idílico reino de prosperidad bajo la tutela de unos bondadosos Romanov. Pero no es este el quid de la cuestión. Lo verdaderamente grotesco reside en que la Revolución Rusa no es sino resultado de la magia negra que practica Rasputín. Uno de los acontecimientos más relevantes de la historia del siglo XX queda reducido a una mera parodia producto de la interminable lucha entre el bien y el mal. No me quiero imaginar el antológico follón que ahora, en plena era de Internet, se podría montar si estrenaran una película que, por muy infantil que fuese, tergiversara de forma tan ridícula acontecimientos históricos que aún hoy generan incendiarios debates.

Pasado este inicio tan jocoso como ofensivo, nos introducimos de lleno en la historia de Anastasia, superviviente Romanov que deberá viajar hasta París para reunirse con su abuela la Emperatriz Marie. Asistimos aquí a una de las partes más tediosas de la película, terriblemente ralentizada por el abuso constante de canciones. Lo que en Disney es un sello identificativo cuidadosamente utilizado, en “Anastasia” se convierte en un grave obstáculo que impide un transcurrir adecuado y vivaz de la trama. Pero el suplicio de todo este viaje a París no es producto únicamente de unas extenuantes canciones; a ello hay que sumar unos personajes realmente estúpidos tanto en sus formas como en sus diálogos. Tanto Anastasia como su compañero Dimitri son individuos insulsos, simples y descuidados. Se observa una dejadez insólita en unas conversaciones huecas de las que no te puedes creer que se genere una atracción. Los personajes evolucionan sin que exista una razón que lo motive.

Las cosas mejoran de cara a la segunda parte de “Anastasia”, cuando su protagonista arriba en París. De repente, las canciones desaparecen por completo, las conversaciones se notan más cuidadas y la historia comienza a desenvolverse con mayor soltura. Los personajes deben hacer frente a una serie de pequeños problemas que, aunque simples, resultan mucho más interesantes y creíbles que todo lo acontecido anteriormente. Por desgracia, el milagro dura poco y la película se resuelve de forma chapucera, demostrando el poco empeño y cuidado con la que ha sido tratada.

Destacábamos anteriormente que “Anastasia” cuenta con un villano llamado Rasputín, – personaje históricamente ambiguo que, como el tema de la Revolución, es tergiversado penosamente- un malvado mago que por razones que desconocemos, quiere hacer desaparecer del mapa a toda la dinastía Romanov. Como ocurre con los protagonistas, es un personaje bastante limitado y simplón, aunque más atractivo por su enfoque humorístico. Lo malo de Rasputín es que está introducido por la fuerza dentro de la trama y se nota que no han sabido muy bien qué hacer con él. Podemos observar como permanece completamente ausente durante el reencuentro entre Anastasia y la Emperatriz lo que, al ser el objetivo último de la película, es donde este villano debería tener su aparición final. Todo lo contrario. La trama de Anastasia y su abuela se resuelve y solo después, sin generar ningún tipo de conflicto, se introduce de forma burda a un Rasputín que, como es evidente, debe morir.

Mal esta “Anastasia” que queda como el ejemplo de cómo no debe hacerse una película. No creo que el hecho de que trate de una película infantil, por muy simple y sencilla que esta deba ser, sea una excusa para descuidar todos los detalles que hemos ido comentando. De hecho, el mismo Bluth que firma este cúmulo de despropósitos, tiene una maravilla llamada “Fievel y el nuevo mundo” que, haciendo uso de los mismos recursos de los que se vale “Anastasia”, es un ejemplo destacado de cómo se puede hacer una película infantil de calidad sin tomar al espectador (tenga la edad que tenga) por estúpido.

“Frozen: El reino de hielo”. Un clásico de los de siempre

Crítica originalmente publicada en Hello Friki. VER
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Cualquiera que esté un poco al día respecto del cine de animación, bien sabrá que el tiempo de Disney como dueña absoluta del género ya pasó. Durante décadas, la compañía del ratón monopolizó este mercado sin que ninguna otra empresa fuera capaz de hacerla sombra. Fue este un factor fundamental para explicar el desmesurado prestigio que alcanzó, al que – por supuesto- hay que sumar una serie de cintas que con su magia, sus personajes y –como no- con sus clásicas y pegadizas canciones, supieron cautivar a los más pequeños de la casa y complacer –qué mínimo- a aquellos adultos que debían acompañarlos al cine. Pero los tiempos cambiaron. La aparición de nuevas compañías y el surgimiento de Internet (algo que dio a la gente la oportunidad de acceder a multitud de obras de otros países) provocó – a finales de los años noventa- que el trono de Disney empezara a ser discutido.

Aunque actualmente vulgarizada, los inicios de Dreamworks en este mundo fueron muy esperanzadores y supusieron un soplo de aire fresco al género de la animación. Es destacable el arreón de sus tres primeras películas: “Antz” (Eric Darnell, 1998) – que a gusto personal es bastante superior a su pariente de Pixar: “Bichos" (John Lasseter, 1998”-, “Chicken Run” (Nick Park, Peter Lord, 2000) y la gamberrísima “Shrek” (Andrew Adamson, 2001); cinta esta última que en su momento fue un bombazo pero que, a su vez, hizo que la compañía fundada por Steven Spielberg enfermara de éxito. Dreamworks golpeó primero, pero sería Pixar la que se llevaría el gato al agua. La empresa producto de John Lasseter y Steve Jobs heredó, modernizó y continuó el espíritu de las cintas de Disney alcanzando unas cotas de calidad extraordinarias. Al contrario, la vieja factoría de Mickey se hundió en un agujero de mediocridad del que solo en los últimos tiempos parece estar saliendo.

El problema que ha tenido la compañía, es que prácticamente desde la genial “Lilo & Stitch” (Dean DeBlois, 2002) – aunque se podrían citar un par de antes- se han encadenado una serie de películas que, si bien seguían un modelo de construcción tradicional, carecían de un alma que las permitiera diferenciarse (sobresalir) por encima de otras cintas del género. En otras palabras: eran obras del montón. La reconciliación con el público comenzó con “Tiana y el sapo” y – sobre todo- con “Enredados”, que si bien poseían un carácter infantil, contaban con una frescura, una chispa, inexistente en sus antecesoras. Sin embargo, sería con “Rompe Ralph” (Rich Moore, 2012) cuando Disney volvió a estar en boca de todos. Su original homenaje al mundo de los videojuegos sirvió para atraer la atención de un perdido público joven, así como la de algún que otro nostálgico de tiempos mejores.

Con “Frozen: el mundo de hielo” (Chris Buck, 2013), se confirma el rumbo ascendente tomado por la factoría de animación (siempre que se obvie ese engendro llamado “Aviones” (Klay may, 2013)). “Frozen” es una película que desprende el aroma característico de las mejores películas Disney y que, desde ya, está llamada a formar parte de sus denominados ‘clásicos’. La trama parte de la libre adaptación de un cuento tradicional: “La Reina de las Nieves” escrita por el danés Hans Christian Andersen en el año 1845. La historia nos traslada a Arendelle, un reino sumido en un invierno eterno debido a que su reina, Elsa, es incapaz de controlar sus poderes árticos. Su temor a dañar a la gente provocará su huida a la montaña. Ante esta situación, su hermana Anna saldrá a buscarla para intentar recuperar el verano perdido.

Frozen” es una película visualmente preciosa que parte de una estética semejante a “Enredados”, generando así unos personajes agradables y vistosos; un aspecto continuista que sirve como atractivo para aquellos que disfrutaron con la adaptación de Rapunzel. Es una historia sencilla y alegre, en donde la comicidad (usada con naturalidad y evitando los chistes tontos) es una parte fundamental. Esta es desplegada generalmente a través de los dos acompañantes de la princesa Anna: Kristoff, un hombre de las montañas de carácter desparpajado; y Olaf, un muñeco de nieve que, a pesar de ejercer del típico secundario bobalicón, no resulta cargante al ser utilizado en su justa medida. Y nada de esto es casual. Se nota que “Frozen” ha sido cuidada con esmero en todos sus detalles y que, a pesar de ser una película marcadamente infantil, resulta notablemente redonda en su conjunto.

Es destacado que tanto la historia como los personajes de “Frozen” están trazados de forma muy simple, pero eficiente. A partir de una serie de rasgos y conceptos estereotipados, se define de manera rápida a los diferentes protagonistas; aspectos que – sin embargo- resultan suficientes para desarrollar de manera correcta la historia. Junto a los ya citados Olaf y Kristoff, tenemos a Anna y Elsa como pareja protagonista sobre las que recae el peso de la trama. Son ambas opuestas tanto por sus personalidades, como por sus formas de entender la vida (una abierta y vivaracha y la otra cerrada y temerosa). El viaje será un camino de aprendizaje y crecimiento para las dos hermanas; un aprendizaje en el que el espectador infante también será parte, a raíz de una serie de moralejas marca de la casa.

Mención aparte merece el aspecto musical, seña e identidad de los clásicos Disney y aspecto descuidado (e incluso desaparecido) durante bastante tiempo. Como ya se hiciera con “Tiana” y “Enredados”, “Frozen” cuenta también con un buen repertorio de pegadizas canciones con un peso bastante importante, sobre todo, a lo largo de la primera mitad de la película. Poseedoras de una alegre musicalidad (aunque hay algunas letras bastante flojitas – seguramente en inglés estén mejor cuajadas-), todas ellas sirven para definir una situación o el sentir de los personajes en varios de los momentos de la película. Quizás los primeros treinta minutos estén un pelín sobrecargados de estas canciones, pero su integración y labor en la película es esencial a la hora de transmitir cierta información que de otra manera resultaría ridícula.

El tiempo y nuevas revisiones dirán si se puede equiparar a “Frozen” con los grandes éxitos del estudio. De momento, la apuesta de Disney para estas navidades merece ocupar un puesto destacado dentro de los lanzamientos animados de este 2013. Una película que bebe de los clásicos sí, pero que a su vez se nota más fresca y acorde a la sociedad actual. Este es el camino correcto y esperemos que nunca más sea abandonado.

“Monstruos University”. Esperando a Pixar

Crítica originalmente publicada en Hello Friki. VER
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Ya he comentado en alguna crítica reciente (exactamente en esta de “Aviones”) el peligroso rumbo que Pixar está tomando últimamente. A base de marcar la diferencia respecto a sus competidores, la factoría fundada por John Lasseter y Steve Jobs se ha convertido –junto a la japonesa Ghibli- en una de las empresas más reputadas y queridas dentro del mundo de la animación. Pero en los últimos años, desde el exitoso estreno de “Toy Story 3” (Lee Unkrich, 2010) – seguramente su última gran obra- la compañía parece haber levantado el pie del acelerador. Después de diez años consecutivos de lanzar obras originales, Pixar ha entrado en una fase de explotación y recogida de beneficios a base de precuelas y segundas partes de anteriores éxitos.

No deja de levantar cierto recelo esta política de reciclaje de viejas ideas. Una serie de películas fallidas junto al lanzamiento de ínfimas segundas y terceras partes de varios de sus clásicos, fueron dos de las razones que llevaron a Disney a la pérdida de gran parte de su prestigio como empresa de animación. Aún es temprano para augurar un futuro semejante a Pixar, pero sus últimas tres obras, “Cars 2” (John Lasseter, 2011), “Brave” (Mark Andrews, 2012) y “Monstruos University” (Dan Scanlon, 2013) son cintas que, viendo la trayectoria de la compañía californiana, están bastante lejos de esa extraordinaria calidad que, hasta el momento, habían atesorado la gran mayoría sus películas. No son malos trabajos ni mucho menos, pero ese punto de fascinación – esa esencia exclusiva de Pixar- se ha perdido (al menos por el momento) para dar paso a historias mucho más tradicionales.

Dos son los aspectos clave por los que películas de Pixar son, a día de hoy, tan veneradas por el público. El primero de ellos es la impresionante capacidad imaginativa de sus historias, las cuales, pueden desarrollarse a partir de una simple imagen (una casa que vuela transportada por centenares de globos) o a partir curiosas premisas como: ¿De dónde vienen los monstruos del armario y por qué asustan a los niños? Son ideas sencillas (a veces hasta infantiles) desde las cuales se generan fascinantes mundos que funcionan según sus propias reglas y que están repletos de detalles, sorpresas y guiños. Gran parte de la magia y el atractivo de las obras de Pixar surge del descubrimiento de esos pequeños aspectos que componen estos mundos y que les dan una lógica propia.

Sin embargo, no es esta una característica que esté presente en todas las películas. Hay un puñado que se sostienen gracias – y este es el segundo y más importante aspecto- a los personajes. Pixar no sería lo que es sin sus personajes. Una de las mayores virtudes de la compañía es el trabajado perfil con el que se constituyen las personalidades de protagonistas y secundarios. Son individuos que un niño puede identificar dentro del binomio buenos/malos, pero que a su vez, poseen una serie de rasgos que permiten al público adulto darse cuenta de que no es tan sencillo encasillarlos en uno u otro bando. Y no lo son porque, muchas veces, lo que les mueve son sentimientos puramente humanos y cotidianos como el egoísmo, el miedo, la lealtad o el amor; aspectos que varían dependiendo el punto de vista. Además, estos personajes son capaces de evolucionar y cambiar su forma de ser y actuar dependiendo de las experiencias vividas.

Originalidad y humanidad. Son estos dos aspectos fundamentales con los que Pixar ha logrado ser no solo una marca dirigida a los más jóvenes de la casa, sino a ser reconocida y alabada también por el público adulto y maduro. Elementos que sin embargo, quedan diluidos en las secuelas que la misma compañía ha ido lanzado. Ocurrió con la segunda parte de “Toy Story”, ocurrió con la segunda parte de “Cars” y ocurre con la película a tratar “Monstruos University”. Son las tres cintas que han perdido la capacidad de sorprender porque ya se conoce el funcionamiento del mundo en el que suceden las cosas, así como la forma de ser de los personajes. Perdida la originalidad, todo el peso recae sobre la historia, que en ninguno de estos tres casos es realmente atractiva. En el caso de “Monstruos University” nos encontramos nuevamente a unos jóvenes Mike y Sullivan, que esta vez acuden a la universidad dispuestos destaparse como los mejores asustadores del mundo y con la meta de trabajar para la empresa energética Monstruos S.A.

Lo único interesante de “Monstruos University” es volver a ver a los carismáticos personajes que poblaban “Monstruos S.A” (Pete Docter, 2001) y conocer más de sus vidas. La película proporciona un buen rato de entretenimiento y en ese aspecto, cumple sobradamente. Pero como ocurriera con “Brave”, se desarrolla una trama muy tradicional centrada en el público infantil y donde el adulto es dejado a un lado. Faltan personajes estrambóticos, falta reflexión y falta emotividad; falta algo que lleve a pensar que se está ante algo más que una película infantil. Pixar es muy capaz de hacerlo tal como demostró con la extraordinaria “Toy Story 3”. Pero esto es algo que requiere mucho esfuerzo y dedicación y, ahora mismo – repito- la empresa parece más interesada en la obtención de beneficios por la vía rápida, que en crear películas realmente potentes.

Para nada son malas películas “Brave” y “Monstruos University”. De hecho son obras notables y excelsamente conseguidas, pero – a su vez- están muy lejos de lo que Pixar es capaz de hacer. Solo el futuro nos dirá si se continúa con esta irregular tendencia. De primeras, para el año que viene está previsto el estreno de una obra original: “The Good Dinosaur” (Bob Peterson, 2014) que partirá de la hipotética premisa de qué habría pasado si el meteorito que extinguió a los dinosaurios hubiera pasado de largo. Un año después, se espera el lanzamiento de “Buscando a Dory” (Andrew Stanton, 2015), una nada halagüeña secuela de “Buscando a Nemo” (id, 2003). Entiendo que es difícil cumplir siempre teniendo el listón tan alto como Pixar lo tiene, pero lo que no se permitir la compañía, es perder los valores que la han hecho grande. Mucho ojo, porque puede que nos encontremos en un punto de inflexión.

"Aviones": Vuelo sin motor

Crítica originalmente publicada en Hello Friki. VER
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A lo largo de las últimas dos décadas, hemos podido observar como Pixar se ha ido convirtiendo en unas de las empresas de animación más importantes y rentables de la industria cinematográfica. Desde el lanzamiento de su primer largometraje "Toy Story" (John Lasseter, 1995) hace casi veinte años, la compañía fundada por Steve Jobs y John Lasseter, ha conseguido desbancar a la todopoderosa Disney del trono que con holgura había ocupado prácticamente desde sus inicios. Dos factores han sido claves para alcanzar este logro: el primero es el tono más juvenil y moderno que Pixar ha conseguido dar a sus películas. El segundo ha sido una serie de desafortunadas cintas que por no saber adaptarse a los tiempos que corren, han dilapidado la imagen de la compañía del ratón. Salvo contadas excepciones, desde el inicio del nuevo milenio las cintas de Disney han ido desfilando con más pena que gloria en medio del repunte de Pixar. Ambas empresas mantenían un contrato de colaboración desde el año 1991, pero varios problemas en las pretensiones de ambas compañías, provocaron la ruptura del acuerdo en el año 2004. Disney, sin embargo, viendo como sus obras eran cada vez peor recibidas y a sabiendas del poder y fama que la marca Pixar estaba alcanzando, decidió adquirir finalmente el estudio de Jobs y Lasseter por siete mil millones de dólares.

En mayor o menor medida, Pixar ha sabido mantener la calidad que ha acompañado siempre a sus obras. Sin embargo, en los últimos años, la imagen de la compañía se está empañando con el lanzamiento de una serie de secuelas y segundas partes que, aunque siempre correctas y entretenidas, dejan la sensación de que Pixar se está acomodando y que ahora mismo está más interesada en el beneficio que en la comentada calidad de sus historias. No es tonta Disney que sabe de la importancia de mantener el estatus adquirido de Pixar. Así, después de las críticas negativas que recibió la innecesaria "Cars 2" (John Lasseter, 2011), Disney haya decidido desvincular completamente “Aviones” (Klay Hall, 2013) de la compañía de Jobs y asumirla completamente bajo su nombre.

Lo que no podía dejar de hacer Disney es desaprovechar el tirón comercial que el mundo de “Cars” había generado sobre todo a raíz de su segunda parte. Más allá su discutible atractivo, “Cars 2” fue una operación destinada a la venta de merchandising (productos, juguetes y objetos promocionales de la película) lo que supuso un enorme beneficio económico a la empresa. “Aviones” es un producto que busca seguir esa estela, desarrollándose inteligentemente en el mismo mundo de “Cars” y con personajes de apariencia semejante. El efectivo gancho de la familiaridad.

Aviones” cuenta la historia de Dusty, un avión que sueña con participar en la vuelta a mundo y competir contra los mejores corredores. Pero Dusty sabe que sus posibilidades de acudir al evento son remotas, ya que solo se trata de un fumigador sin velocidad ni técnica. Por ello, decide recurrir a un viejo caza experimentado que le pueda entrenar y optar así a la victoria.

Vieja y trillada es la historia de superación que “Aviones” malamente desarrolla. No se podía esperar otra cosa de un spin-off de una saga que nunca terminó por ganarse al público en general. No ha puesto Disney entusiasmo alguno por dar forma a la trama, siendo la película es la mera excusa; el intermediario necesario para la venta posterior de juguetes en tiendas. “Aviones” es una cinta hueca, sin alma, que se desarrolla demasiado precipitadamente en su introducción, como si tuviera prisa por llegar al meollo del asunto: la vuelta al mundo. El problema es que esta competición es tan anodina como sus preliminares. Son una serie de escenas que se van resolviendo por inercia sin ningún tipo de tensión o suspense. En ningún momento se llega a sentir que el protagonista se encuentre en una verdadera situación de peligro. Los acontecimientos simplemente se precipitan hacia un final elementalmente fácil de adivinar. Pero insisto, no es cuestión de que la historia sea sencilla, es la falta de sentimiento lo que impide que “Aviones” sea un entretenimiento completo y apto para toda la familia.

No llegan tampoco los personajes, que se ridiculizan a base de chistes tontos carentes –metafóricamente- de todo sentido del humor. Protagonistas, secundarios y villanos -planos y estereotipados- se pasean por la pantalla sin ningún tipo de atractivo que les permita ganarse la simpatía del espectador. Se nota un malogrado intento de diferenciación en el personaje mexicano, pero los diálogos simples y una burda comicidad, impiden que pueda destacar por encima del resto de competidores.

Suficiente película que a pesar de todos sus defectos logrará entretener a los infantes, pero que por mucha intención que se ponga, apenas arrancará un par de sonrisas en los adultos, a los que la escasa hora y media que dura la cinta, se les puede llegar a hacer larga. Es “Aviones” un hombre de hojalata que busca un corazón. Película hecha a desgana, carente de acción y de emoción. De todas formas no se asusten si de aquí a unas semanas oyen algo sobre una segunda parte, porque los ingresos en taquilla están siendo más que aceptables. Realmente, sería algo lógico.