“El lobo de Wall Street”. El camino del exceso

Crítica originalmente publicada en Hello Friki. VER
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Cinco son las nominaciones a los premios Oscar que el veterano director Martin Scorsese ha logrado con la que es su última película “El lobo de Wall Street” (2013). Nominaciones que – seguramente- se quedarán solo en eso. Primero por razones históricas, pues la Academia de Hollywood siempre ha sido bastante esquiva a la hora de reconocer la larga y excelsa filmografía del neoyorkino, en donde si bien sus actores y actrices han triunfado en multitud de ocasiones, como director tan solo ha sido premiado por la cinta “Infiltrados” (2006), con la que también ganó su único galardón de ‘mejor película’. Y segundo, porque si bien estamos ante una cinta en su conjunto destacada, esta misma también peca de ciertos momentos en los que se siente reiterativa a la vez que se va desinflando en intensidad conforme se resuelve la trama.

Esto es así porque lo más potente de “El lobo de Wall Street” se encuentra en la frenética escalada a la gloria de su personaje protagonista Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), un codicioso corredor de Bolsa que, dejará de lado cualquier tipo de planteamiento ético y moral con tal de enriquece a costa de los demás. El quid de la película está en ver como un don nadie como es el Belfort del principio de la cinta se convierte, con toda su labia, en un avaricioso excéntrico capaz de crear una empresa de la nada llevando al límite de la ortodoxia (así lo describe él mismo) las reglas del juego financiero. Un juego que en su ambigüedad, permite a Belfort convertirse en el sinvergüenza que termina siendo.

Y es en este punto donde se encuentra la verdadera crítica de “El lobo de Wall Street”. La historia de excesos y lujuria de Jordan Belfort no deja de ser la mera excusa - ¿cuántos como él habrá?- para ahondar en el esperpéntico show que puede llegar a ser el mercado. Un sistema que se vende como el motor del capitalismo pero cuyas entrañas están llenas de trampas y resquicios que permiten hacer legal lo que es claramente una estafa (todo lo que Belfort hace desde sus ‘humildes’ inicios lo es). El único límite que hay en este punto es la ética, pero cualquier atisbo de esta debe ser amputada si lo que de verdad se busca es triunfar en este opaco mundo.

Esta primera regla es fundamental y así queda expresada en el arranque de “El lobo de Wall Street”. Un impecable almuerzo entre el protagonista recién llegado a la Gran Manzana y su primer jefe (magistral Matthew McConaughey). Lo fascinante de este momento es que estamos presenciando el antes y el después de Belfort. Por un lado tenemos al Jordan primigenio, un joven inteligente e ingenuo que ha llegado a Nueva York para hacerse millonario con el juego de la bolsa aunque desconociendo la inmoralidad del mismo. Al frente tenemos al jefe: el Belfort que será. Un pirado drogadicto y putero que enseñará al joven aprendiz cómo se deben hacer las cosas: ambición desmedida sin importar las repercusiones que tus acciones puedan tener sobre los demás. Con las cartas sobre la mesa, la cuestión que se plantea es observar cómo Belfort se mueve de uno a otro extremo.

El primer gran bloque de “El lobo de Wall Street” trata efectivamente de la creación y ascenso del personaje de Jordan Belfort; desde que es “la última mierda” hasta que se convierte en el esperpéntico “lobo”. La frenética vida de Belfort se encuentra plasmada a través de una acción vivaz y sin concesiones que, rodeada por un halo de dantesca comedia, hace que el espectador, a pesar del mal gusto de todo lo que ve, se sienta partícipe y se carcajee de los banales excesos del protagonista y sus ridículos socios. Pero a pesar de la inmejorable manera de presentar el asunto, también es verdad que su amplísima extensión provoca que ciertos momentos se antojen repetitivos. Parece como si Scorsese tuviera la necesidad de incidir una y otra vez en la opulenta vida de Belfort lo que puede llegar a ser un tanto cargante.

Evidentemente, todo lo que sube termina por bajar. El segundo bloque de “El lobo de Wall Street” trata precisamente de la caída de un endiosado Belfort que, cegado por el poder, será incapaz de aprovechar la oportunidad que le ofrecen de hacerse a un lado y evitar así el peso de la ley. El metraje se va ralentizando durante este periodo a la par que la desenfrenada vida de Belfort desaparece. Debido al enorme contraste que se crea entre el subidón de la primera parte y la resaca de la segunda, es evidente que la atención del público puede verse afectada, más teniendo en cuenta las casi tres horas que dura la película. La cinta termina por abajo porque lo importante (el ascenso de Belfort y su vida de excesos) ya ha sido visto y el desenlace es evidente. Scorsese alarga en demasía el final, dejando la sensación de que es incapaz de encontrar el momento oportuno para cerrar una trama que solo tras varios amagos funde al negro.

Con las cosas así, no parece que “El lobo de Wall Street” sea capaz de imponerse en esta gala de los Oscars a las tres grandes favoritas: “12 años de esclavitud” (Steve Moqueen, 2013), “Gravity” (Alfonso Cuarón, 2013) y “La gran estafa americana” (David O. Russell, 2013). Sin embargo, el triunfo sí le puede llegar de manos de Leonardo DiCaprio que con su impresionante caracterización de Belfort, parece destinado a conseguir su primer premio como ‘mejor actor’ después de quedarse con la miel en los labios con “Diamante de Sangre” (Edward Zwick, 2002) y “El Aviador” (Martin Scorsese, 2004). Por ahora, su reciente victoria en los Globos de Oro como mejor actor en comedia parece posicionarle como principal candidato a alzarse con la ansiada estatuilla, más aún después de que un muy destacado Tom Hanks por su papel en “Capitán Phillips” (Paul Greengrass, 2013) se haya quedado incomprensiblemente fuera de la lucha. De todas maneras, a pesar de tener allanado el camino a la gloria, DiCaprio deberá imponerse a Chiwetel Ejifor (“Doce años de esclavitud”) y a un Matthew McConaughey (“Dallas Buyers Club” (Jean-Marc Vallée, 2013)) también ganador del Globo de Oro a mejor actor dramático.

El lobo de Wall Street” no es la mejor película de Scorsese, pero aún con sus peros es una obra de mucha enjundia. Me atrevería a decir que recortando brevemente el metraje habría sido capaz de transmitir una sensación más compacta. De todas formas, tal como está, es una cinta de gran potencia, que cuenta con varias escenas memorables y con un Leonardo DiCaprio en dulce.

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